Nadie sabe, de Kore-Eda Hirokazu

Comúnmente uno dice “Sucede acá y en la China”, pero para este caso es más apropiado decir “Sucede acá y en Japón”. En la sociedad japonesa, que uno imagina opulenta, acorde a su carácter de Tigre Asiático, hay niños con expectativas pero sin medios para cumplirlas. Como en todo el mundo, quién más, quién menos… Nadie sabe es un film basado en hechos reales, pero ficticio, que habla de varias cosas a la vez: de la niñez como derecho, del abandono como instancia del crecimiento y de la responsabilidad social (y su correligionaria, la culpa).

La niñez es mostrada como el territorio de la vulnerabilidad, mas no de la fragilidad. Una serie de pies y de manos que se aferran, reinciden en pantalla, para contrabalancear la fortaleza de estos cuatro hermanos abandonados por su madre. Acostumbrados a la cohabitación forzosa, a la que apela la madre para caerle en gracia a los vecinos, respetando el mandato social del único hijo varón, a ellos sólo les queda soñar con tener una casa grande. La situación de estos niños no es más que un ejemplo de la falta de espacio para habitar que mortifica a las populosas ciudades japonesas, que Hirokazu lleva a un extremo gracioso: cuando se porten mal, para que sus vecinos no los oigan y sepan que existen cuatro hijos en lugar de uno, serán guardados en valijas.

Fugada la madre, logran zafar del encierro, y salen a “patear la calle”, lo cual podría ponerlos al borde del peligro constantemente, pero el director elige que no sea así. El peligro máximo es la familia, una madre desnaturalizada que parió hijos de hombres desentendidos, un peligro menos ostentoso pero más duradero, que les niega su derecho al esparcimiento, a la diversión, a la educación y a no trabajar. Algunas almas susceptibles podrán pensar que la figura de la madre está plagada de machismo, pero me parece más apropiado pensar que las características de este personaje son una estrategia narrativa que prepara para el efecto del final, que no le voy a contar. Sólo préstele atención a los créditos.

Toda sana crianza trama el abandono de antemano, así se juzga la calidad de la educación que se da a los hijos. Darle herramientas para cuando sus padres ya no estén, y prepararlos para que puedan gestionar psicológicamente ese abandono, son las máximas implícitas para criar hijos. Estos niños algo preparados están, porque la madre no los abandona una sola vez, sino que es parte de su misma relación con ellos. El varón más grande (nótese que es varón) es a quien delega la máxima autoridad durante su ausencia, así como es quien sabe cosas que mejor no saber para su edad, como algunos pormenores de la vida sexual de su madre. Es también el que se hace autodidacta a la fuerza, aprendiendo matemáticas solito, para poder hacer las compras.

La figura de autoridad del varón, natural en una sociedad que aún conserva el saludo samurai, sin embargo, no está sobresaturada. Cuando ya no existe la autoridad de la Madre, no hay conflicto, lo que deja pensar que quizás el quid para resolver nuestras desavenencias sea la horfandad. Todo se trastoca al momento en que ingresan en la casa personas extrañas al núcleo familiar. Podría pasar por alegoría de la historia japonesa esta historia. Comienzan los conflictos entre hermanos, se abandonan a la mugre y aparecen otras prácticas que eran extrañas, como por ejemplo el robo. Aún así, nada los separa si no es la muerte, que se lleva a la más pequeña en una escena ilógica en medio del peligro al que están expuestos viviendo en la calle. Es lo más niño de los niños lo que estamos dejando morir, y enterrándolo en el terreno mismo de sus anhelos, con ellos también se muere un futuro.

En el mismo registro de la temporalidad, a nivel narrativo está muy bien trabajada. Sólo una referencia convencional al tiempo - un mes de abandono - aparece en todo el film. Por lo demás, el tiempo se insinúa, por el crecimiento de las plantas o por la talla de la más pequeña, que cabe en la valija con dificultad. Igual de insinuantes son los fragmentos que no hacen a la historia tal como acostumbramos a entenderla desde nuestra occidentalidad, con un principio, un nudo y un desenlace dirigidos por un sentido. En este caso nos topamos con una narración arbórea, que tiene instantes preciosos, que aunque pueda parecer que no hacen a la historia, son parte del respeto por el tiempo propio de las cosas. Las sorpresas que se puede llevar uno cuando sale sin saber dónde llegar…

Visto y considerando, Hirokazu, tu final efectista, quizás más digerible por el sentido japonés de la culpa; tu descuido con la banda sonora, demasiado insípida; y las reflexiones que moviliza tu película, le doy siete bolitas de paraíso.

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