Una historia de amor y de guerra, donde la realidad más raída se confunde con la realidad onírica, se puebla de reflexiones hondas, de asociaciones libres y no tan inocentes, de histrionismo voraz. “La belleza comenzó cuando la gente empezó a elegir”, dice uno de los poetas de esta historia donde los extremos están a la orden del día: dos poetas, la belleza de sus palabras cuando se juntan con buen tino; la guerra en Iraq, la imbecilidad de la destrucción y su capacidad para decidir el destino de la gente; todo eso hilado con una historia de reconquista amorosa con tintes de fantasía. Benigni repite gran parte de los artilugios que usó en La vida es bella, cuando de igual manera contó una historia mínima usando como telón de fondo un acontecimiento histórico, inasible de otro modo.
Por momentos pareciera que Benigni (que es director y también actor), por momentos pareciera que es el Jim Carrey italiano, insoportablemente movedizo, abusando de todas la técnicas del clown. En una palabra: insufrible. Ese ajetreo, por otro lado, le viene bien a una historia contada de manera tediosa, difícil de sobrellevar sino es por los picos de tensión en los que se juega con lo imprevisible: un sillón que se cae o un taxi que se cruza llevando a uno de los personajes principales, como si fuera cualquier hija de vecino. Este recurso, junto a la utilización de la tangencialidad narrativa, es decir, seguir contando la misma historia que se viene contando pero desde un personaje menor, que aparece por accidente, pero cuyo punto de vista queda implicado en la acción dramática que está ocurriendo; estos dos recursos narrativos, retomo, son lo más anecdótico que ofrece el film a nivel formal. Lo demás tiene la progresión lineal de un telefilm, con algún que otro remate redundante.
Explota un edificio en Bagdad, y Vittoria (interpetada por Nicoleta Braschi, actriz y productora del film), que hace el papel de amor imposible de Beningni en la ficción, tiene la mala pata de estar cerca de la explosión. La obsesión de su ex marido en plan de reconquista lo lleva hasta el ojo mismo de la guerra, camuflado como agente sanitario. Ella, medio moribunda y tirada en un hospital público iraquí, sin insumos médicos, aún sin hablar ni moverse, logra ser el epicentro de este largo tramo del film. Benigni, que en la película se llama Atilio, hace un montón de peripecias para hacerse con los medicamentos necesarios para salvarla: sortea la inhumanidad de los soldados americanos, utiliza contactos influyentes, reniega con los medios de locomoción. Es loable la voluntad de ubicar al humor donde parece difícil imaginarlo, en el medio de una guerra; pero no es ninguna novedad esta elección, porque en La vida es bella hizo lo mismo poniendo al humor en un campo de concentración. Pareciera ser una marca registrada del director.
En el mismo registro humorístico está la veta crítica del film, crítica que queda bastante deslucida al mostrarse una guerra que pareciera ser librada sólo por americanos. Porque los lugareños están bastante ausentes, ni resisten siquiera. Algunos pasajes ingeniosos no alcanzan a resarcir esa omisión. “Hay muchos ladrones. Los americanos prometieron seguridad. Esperemos que llegue pronto”, dice el médico que atiende a Vittoria con ingenuidad esperanzada. La misma esperanza que sostiene la bandera que pide paz, que hacen los alumnos del profesor intepretado por Benigni, y a él se le cae en la cabeza como adelanto de lo que va a venir, en un grosso simbolismo. Esa actitud esperanzada, por otro lado, le falta a Fuad (interpretado por Jean Reno), poeta iraquí que muere ahorcado, porque esa es la única opción que queda en medio de la barbarie, a juzgar por el film.
“Encontré un arma de destrucción masiva”, dice Atilio con un matamoscas en la mano, descomprimiendo el tedio. Y más adelante grita “¡soy italiano, soy italiano!” con la misma ingenuidad que el médico aquél, creyendo que puede salvarlo el no ser iraquí o el ser europeo. Pero en la guerra cualquiera que no sea sí mismo, es enemigo. “¿Sabés por qué hay guerras? Porque el mundo empezó sin hombres y terminará sin ellos”, es, a pesar del pésimo tratamiento de la contienda, un buen remate.
Dando vuelta la página, es una buena decisión poner las fuentes musicales en escena, así conocemos al cantante y pianista americano Tom Waits, haciendo “You can never hold back spring”, inigualable como siempre. Aunque esté tan desmejorado. Esto de articular de manera visible la imagen y el sonido, fue en algún momento de la Historia del Cine un planteo de vanguardia, pero en este film es un dato más.
”Cada persona es un abismo que te marea mirar”, dice uno de los personajes, y cada película debería ser una marea que me arrastre sin adelantarme donde me va a dejar. Sin embargo, el amor, en medio de lo mundano de la guerra, vuelve a ser ese oasis ilógico poblado de proyecciones fantasiosas, condensadas en el título de una película italiana. Cuando veas el tigre y la nieve con que te excusaste para no volver con alguien, en un lugar donde los creíste impropios, ¿qué vas a decir? Yo dije: otra vez la historieta donde el amor es capaz de concretar imposibles.
Te engañas al creer, Benigni, que todos tenemos comezón de memoria como para olvidar lo que hiciste unos años atrás. A mí no me gusta hablar de una película por cuánto se parece o cuánto no a la anterior del mismo director, pero los parecidos son tan manifiestos que soslayarlos sería condescendencia. Por esto, y porque las guerras se hacen con más de uno, y por las actuaciones opacas y los chistes berretas, tenés 5 bolitas de paraíso. Si la belleza comenzó cuando la gente pudo elegir, debo haber realizado una mala elección al alquilarla.
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