Les Bronzés 3 o SOS Llegaron mis amigos!


Les Bronzés 3 es parte de una zaga que Patrice Leconte comenzó en 1978, continuó en 1979 y luego dejó estacionar todos estos años. Se espera entonces que sea un buen vino. Patrice Leconte es el director de El Marido de la Peluquera, película que lo catapultó en el mercado latinoamericano en 1990, y guionista y director en La maté porque era mía, que realizó en 1993, entre una larga lista de films. Esta vez, convocado por los actores de las dos primeras, con un guión colectivo, se anima a una tercera parte que para nosotros los latinoamericanos llamaron S.O.S. ¡Llegaron mis amigos! Pero para el resto del mundo se llama “Los insensibles 3. Amigos por la vida”.

La comedia tiene algunos de los ingredientes que cualquiera comedia europea contemporánea debe contener: buena vida, una sonrisa tiesa pero irónica frente al problema de una juventud que no se quiere perder, el amigo fracasado, el hijo gay de padre homofóbico, la mujer que a falta de marido se compró un perro, casos de adulterio y una loca. Pero en esta hay un dato que hace que todo eso pueda ser tan gracioso como triste: Nostalgia de los dorados sesenta, de la añorada liberación sexual.

La contracultura europea acostumbraba, entre fines de los sesenta y principios de los setenta, a encontrarse en lugares específicos durante sus vacaciones. Muchos alemanes viajaban hacia el exótico sur español y los franceses, por ejemplo, solían darse paseítos por sus ex colonias africanas. Allí, como todo el que no está en el hábitat que le tocó en suerte, podían perderse y aprovechar para desquitarse de todo lo que reprimían durante el año. Porque la liberación sexual era también una buena coreografía que no se bailaba en cualquier lugar. Eso de liberarse hicieron los personajes de esta película más de 20 años atrás, y ahora sólo le quedan evocaciones de un pasado glorioso.

El tiempo ha sido inclemente con algunos de ellos. Popeye (Thierry Lermitte, quien se lució en El placard y La cena de los tontos), que en su juventud no dejaba títere con cabeza, ahora le es infiel a su mujer, pero no puede transparentar su situación por miedo a perder la parte del increíble hotel que tiene junto a ella, como bien ganancial. Popeye se aburguesó, se acostumbró a la buena vida, y por más valores libertarios que haya tenido, mejor es tener la vaca atada…Lo mismo le sucede al personaje de Gérard Jugnot (el que era profesor en Los coristas) y que en esta película hace de ex liberado que al enterarse que su hijo se acuesta con el contador de la gran empresa de la que es titular, al enterarse de ello queda tieso y con dificultades para el habla, en un muy buen interpretado ataque de homofobia paterna. Ornella Mutti, que tiene por parte la acaudalada mujer de Popeye, no tiene más que llanto y culpa retrospectiva para reconocer que en aquellas primeras vacaciones juntos, se había acostado con un hombre que si bien no era su marido, era su amigo. Es una tercera parte que bien puede entenderse sin ver las anteriores, porque lo que no se dice, se actúa.

La mutación por la que atraviesan los personajes –que en clave más incisiva podría llamarse gatopardismo-, la mutación, bien digo, es tan universal que hasta podría pensarse en hacer una película local con la misma trama. En ella podríamos contar historias de vida de nuestros funcionarios que comiencen con las promesas de erradicar la pobreza en las campañas políticas, y acabe con la erradicación de los carros y los puestos ambulantes del radio céntrico, durante sus gestiones de gobierno.

En la misma tónica del capitalismo feroz, en el film podemos observar una insidiosa mercantilización capaz de distorsionar hasta las relaciones de amistad, que ahora son vistas como erogación o ingreso, lo cual refuerza esta idea de que el tiempo los ha cambiado. Para peor. Igual de burguesa es la gracia que provoca el médico fracasado, que ha perdido su matrícula en un juicio, teniendo que mendigar ropa paqueta para reconquistar a su ex mujer. Que ahora vuelve de novia con quien antes era su amigo y con unas fabulosas tetas de plástico. La norma es el progreso, los rezagados o los incapaces merecen dádivas y risa.

Como la mayoría de las comedias francesas, tiene un humor más visual que tramado con chistes ingeniosos. Lo que la hace poco recomendable para ciegos, pero óptima para hipoacúsicos. Por momentos se parece a una fiesta mirada a través de un vidrio, donde los demás se divierten pero a veces cuesta saber por qué. El personaje de la loca, por ejemplo, cuesta encajarlo en el film. Ella ha perdido su gracia por obra y gracia de un cirujano carnicero, que para colmo de males era su amigo. Vuelve con su boca destrozada, después de un buen número de cirugías reconstructivas y un giro místico, a perdonarlo. Pero el resentimiento que le ocasiona haber perdido su belleza la arrastra a inflingirle daño a sus amigos con unas garras de utilería, con tal mala pata que es descubierta y eso le cuesta la internación. Este descubrimiento, que se produce casi al final de la película, como si se develara un gran misterio, me dejó dudando si no se trata de un cortometraje que hizo Leconte cuando era un aprendiz y que cortó y pegó para rellenar este film.

Técnicamente es casi intocable. Las locaciones paradisíacas de Cerdeña son más imponentes con una fotografía de exteriores digna de elogiarse. Empieza como una buena película hollywoodense, dándonos las coordenadas espaciales -por medio de una panorámica- y temporales -con una leyenda, que además nos instruye geográficamente-. Luego la propuesta de cámara es también clásica, salvo algunos reveses sugerentes.

Es una película que entretiene lo suficiente y con un final muy bien resuelto, que no voy a contar para que no me reprendan. Aún cuando “Baila Morena”, interpretada por Maná y Sukero, sea la canción estrella de su banda de sonido, lo cual parece un plan para granjearse el mercado latino, eso se contrarresta con los grandes actores que reúne. Visto y considerando que puede suplir ampliamente a una telenovela berreta como La ley del amor, le doy seis bolitas de paraíso.

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